Los 10 primeros años de mi vida, trancurrieron placidamente, como cabe suponer, el ser hijo del maestro me supuso una incorporacion precoz al ambito escolar. Asisti como todo hijo de vecino a la entonces llamada Escuela Unitaria, un popurri de chicos de todas las edades y de todos los cursos en un espacio unico de clase, donde el maestro en el mismo minuto pasaba de enseñar a leer a uno, a explicar el Teorema de Pitagoras a otro........ una entrañable locura.
La escuela, un edificio singular, dividido en dos partes iguales, adosadas entre si, chicas a un lado, chicos a otro, estaba situada en Valdiguña, ligeramente apartada del nucleo principal del pueblo y a pocos metros del rio. Constaba de una sola clase, donde se dispersaban diferentes mesas de madera, colocadas estrategicamente segun el curso del que las ocupaba, presididas por una gran tarima con una mesa mas grande para el maestro.
Debo decir que ser el hijo del maestro no me supuso nunca gozar de mayores privilegios que mis compañeros, ni yo los busque nunca ni mi padre lo hubiera permitido. Ser " el hijo del maestro " fue una etiqueta que me acompaño siempre, era inevitable, pero nunca me aproveche de ello, mas bien todo lo contrario, mi obsesion fue siempre comportarme como lo hacian todos, si habia que robar peras, se robaban, si habia que fumar helechos secos se fumaban......etc etc. Siempre me considere uno mas, para lo bueno y para lo malo.
Desde mi casa en Valdiguña se veia la escuela, en linea recta a 200 metros saltando un par de paredes que delimitaban una finca particular, por lo que este camino solo lo recorria cuando mi madre se despistaba ( pocas veces ) no me quedaba por tanto mas remedio que dar un rodeo y acceder por el camino oficial, una cambera entre dos prados, cuyas piedras sueltas eran como improbisados balones, para desgracia de zapatillas o botas segun el tiempo que hiciese. El personal que alli nos reuniamos era de lo mas diverso, sobre todo en edad ya que como queda dicho se trataba de una Escuela Unitaria, en cristiano, alumnos de hasta 8 cursos diferentes. Por un lado llegaban los de Pedredo, que debian recorrer un camino mas largo, sinonimo de mas divertido y por otro los de Valdiguña con un cierto sentimiento de superioridad, por eso de que la escuela estaba en su territorio. La convivencia no era mala, pero si afloraba una rivalidad entre ambos pueblos que generalmente dilucidabamos en los recreos mediante unos memorables partidos de futbol, que como es facil suponer debian ser arbitrados por la unica persona neutral en aquel ambito, el maestro, el campo un espacio adosado al edificio de la escuela, peligrosamente cercano a los cristales y donde se realizaba un fantastico ejercicio de equilibrio y reflejos ya que al mismo tiempo que se luchaba por el balon habia que sortear los obstaculos naturales en forma de piedras fijas y moviles y algun que otro arbol que estaba incluido en los limites del terreno de juego, los pozos cuando llovia y el polvo cuando hacia sol, la densidad de jugadores por metro cuadrado o la paciencia del arbitro cansado de que los cristales recibiesen mas balonazos que los porteros. La version mas normalizada de estos enfrentamientos podia verse los dias de San Pedro en Pedredo o de San Cristobal en Valdiguña donde los anfitriones habilitaban un prau ( no me sale prado, lo siento ) con dos palos de alisa como porteria. No era facil consegir el terreno de juego, se trataba de que estubiese lo mas cerca posible del pueblo para facilitar el acceso del publico, por lo que si era necesario jugar con algun arbol que otro de por medio, se jugaba, pero normalmente no era facil convencer al propietario, por lo que cada año el evento se celebraba en un lugar diferente.
En la escuela coincidiamos todos los niños y no tan niños del pueblo, y cuando digo pueblo me refiero naturalmente a Pedredo que como ya he dicho y a pesar de no vivir alli era mi sitio de juego habitual, bueno y unico, porque raramente valore otras opciones y cuando lo hice fue porque por alguna extraña circustancia me tube que quedar en Valdiguña. En este punto quiero aclarar que nunca tube ningun tipo de antipatia por los chicos de este pueblo, todo lo contrario, los recuerdo con mucho cariño y afecto, pero mi pasion era llegar a casa y con la merienda en las manos salir pitando a casa de mi abuela de donde tras el pertinente beso partir hacia el destino mas sugerente donde matar la tarde, la plaza, el rio, la castañera, etc etc o en todo caso el propio portal de casa donde con mis primos se dilucidaron infinitas competiciones de futbol mini, en cualquier lado y con cualquier balon digase piedra bola de papel o pelota.
Pero pronto mi vida tranquila y feliz, se vio sacudida por una inquietante noticia, mis padres habian decidido enviarme a un internado a Santander, donde completar una educacion con mas posibilidades de futuro. Hoy en dia comprendo la decision logicamente, pero en aquellos momentos me senti el chico mas desdichado del mundo.